Archivo | febrero, 2010

J’ai faim

27 Feb

Oh la la la… Paris!

Ciudad de las luces y del amor. Cuidad de la Torre Eiffel, el Louvre y Napoleón. Y claro, ciudad de los parisinos (lo siento, no pude resistirme). Sin embargo, en honor a la verdad, debo admitir que mi paso por París la convierte en ciudad de grandes amigos, de vivencias y de aventuras y, salvo sus raras pero no ausentes excepciones, ciudad de amables integrantes que han hecho amalgama entre la belleza de su ciudad y su estilo de vida.

Como fiel tendente a lo francés (eso de afrancesado tiene un dejo de siglo pasado), al terminar mis estudios de derecho dejé mi adorada isla y me embarqué en un nuevo reto con rumbo a una de las ciudades más bellas y embriagantes del mundo para completar mis estudios de maestría y perfeccionar el francés (el idioma, claro está). Terca como mula, de niña soñé con hacer mía esa mítica ciudad de ilustres pensadores y artistas (que terminó dominándome a mí) y tan pronto pude justificar mis deseos con un título universitario, apelé al peso del libre albedrío (es decir, rogué y rogué hasta que mis padres aceptaron) para inaugurar esta nueva etapa de mi vida. Y así comenzó todo. Escogí mi universidad, programa de estudios, vivienda y hasta compañera de piso (ahh the wonders of the internet). Viajé con mis padres (en ese momento iba en busca de independencia, que no es lo mismo a decir que ya era independiente) quienes me brindaron todo su apoyo – y el espacio en sus maletas – en un intento inútil de dejarme sintiéndome como en casa.  (I left behind my husband to be, so you can imagine that the name of the show was “Tears Galore”, starring the one and only me, and co-starred, of course, by my mother).   

La primera impresión me enmudeció. París es pura perfección, como el resultado de un rompecabezas armado con delicadeza y esmero, cada pieza en su lugar. Too good to be true and so it was. No tardé mucho en comenzar a enmudecer por nuevas razones. Como por ejemplo: ¿a quién se le ocurría que para depositar dinero en el Banco hay que hacer cita previa con tres días de antelación? O más aún, ¿Que el Banco estaría cerrado los lunes? Ocurrencia tras ocurrencia, mi sentido común, vacilaba y dejaba de ser tan común.

Otro gran Goliat al que me enfrentaba era al frío. Lo admito: creo que como caribeña al fin, es cierto que iba en desventaja, pero eso de sentir frío hasta en la médula no creo que sea saludable para nadie. (Don’t get me wrong. On the upside, I seriously appreciate winter fashion. It’s just winter I can’t seem to reconcile with). Y así luchaba contra el clima quien me derrotaba en cada batalla, victoria que era aún más aplastante durante los días de huelga de transporte público (Dato curioso: La huelga es el hobby nacional francés. Recuerdo que para noviembre, Le Parisienne, publicaba su calendario de huelgas. Al menos tenían la decencia de avisar.) o durante los 5 meses que duró el proceso de reparación de la calefacción en la universidad.

Y así, un día cualquiera, de regreso a casa luego de una de mis visitas cuasi diarias al cine (Estaba abonada. París es una ciudad costosa.), embaucada por el incomparable olor de las creperías y ante la imperante realidad de que la baguette (Si, es femenina según sus creadores) que quedaba de ayer le sería de más utilidad a Sammy Sosa que a mí, me detuve para comprarme, el que con el hambre lobuna que me poseía decreté, el mejor sándwich del mundo: aubergine (que suena por alguna razón más rico que berenjena) jamón y emmenthal perfectamente derretido sobre baguette recién horneado. Con nueva seguridad, retomé mi camino.

A una esquina, me topé con un mendigo.

“J’ai faim.” Rezaba simplemente el letrero que sostenía temblorosamente en su regazo aquel señor arrodillado en medio de la acera, gritándole al mundo sin alzar su voz, que tenía hambre. No estoy segura si mi imaginación ha infiltrado mi memoria, pero recuerdo sentir aquella noche como la más despiadadamente fría que me había tocado. Le pasé tímidamente y pensé poder seguir hasta que a unos pasos me invadió el dolor intestinal que se llama conciencia. Me devolví y sin mediar palabras, le extendí el mejor sándwich del mundo. La reacción no se hizo esperar. Lo único es que no era, para nada, la reacción que esperaba.

“Tu es folle! Mais, qu’est-ce que c’est?”, vociferó. Claro que estaba loca pensé. Debía ser otro de mis lapsos de sentido común. ¡No es lógico darle comida a quien tiene hambre!????? Inicié mi discurso catedrático sobre el concepto sándwich. Quizás no lo había reconocido. Pero ese no había sido el problema.

“¡Pero si su letrero dice que tiene hambre!”, le respondí completamente confundida. Quizás debía considerar ser más explicito. Y en ese intercambio absurdo que parecía pasar desapercibido por los transeúntes (me imagino que porque no andaba ningún turista dominicano cerca de la escena), intercambiamos opiniones encontradas con encono, sin dejar de sorprenderme el increíble progreso que había experimentado mi francés en los últimos minutos. Ni cuando tenía apuros de encontrar un baño, hablaba con tanta fluidez.

Ya que el diálogo diplomático no parecía avanzar y ante el miedo de que pasara por ahí alguno de los policías tipo transformers que velan por la seguridad citadina, mi amiga decide poner fin a la locura y jalarme por los moños (todos sabemos que “halar” y “jalar” no son sinónimos).

Perpleja, humillada y derrotada una vez más, me alejé del ring.

Que tonta. Quizás después de todo, en aquel momento no fue tan útil mi francés, pues en esencia no le había entendido: El hambre del Hombre no es solo alimenticia. El Hombre siente hambre de respeto, de empatía, pero sobre todo… de dignidad.

8.8 Earthquake in Chile

27 Feb

I’m left with one question… what is the Earth trying to tell us?

El intruso

25 Feb

Estimados lectores:

Como intruso en este espacio reservado a mi esposa, les robo unos minutos para compartir con ustedes la íntima verdad que me une a ella. Esto les ayudará a conocer mejor a su blogger favorita y a mí me ofrece la oportunidad de trocar las aburridas tarjetas de cumpleaños pre impresas y entregarle un regalo de cumpleaños que se quedará en esta página “colgado” para siempre.

La conocí en la agitada cotidianidad de una oficina de abogados. Desde el primer día la vi bella, con una elegancia particular, la verdad parece una modelo. No tardamos los colegas de la Firma en darle un 11 en el ranking oficial de las mujeres de la Firma. Un ejercicio sexista que para nada anticipaba la maravillosa historia que nos esperaba.

Desde que mi corazón estuvo libre, se abalanzó a descubrir esa bella joven que alumbraba las mañanas (solo trabajaba medio tiempo). Tuvimos nuestras primeras palabras fuera de los buenos días de cada día, sobre las líneas de un libro del Sub Comandante Marcos, un ícono de la lucha por los derechos indígenas que creía desconocido para todos los que me rodeaban.

Eso sí, no perdí tiempo. Al otro día la invité a una de mis clases en la Universidad para que fuera jueza de un ejercicio de mis estudiantes.  Ese “tigueraje académico” me dejó prendado de la mujer que es hoy mi esposa. Después, todo fluyó como un abrazo de niño…tierno y natural. Cada vez que la veía, sentía lo mismo que se siente al pasar un semáforo en amarillo…te pueden chocar pero que bueno es colarse primero.

Hasta robamos canciones cual lucecitas alumbraban nuestro idilio, y otras…solo las bailamos.  Entonces la escuché cantando y me derretí como adorno en un tablero de carro público. Fuimos a todos lados, desde el zoológico a Praia (no hay mucha diferencia), del Iguana Park a la casa de la abuela, de Cabrera hasta París, de sus manos a mis labios.

Ya ven, lo que la trajo a mi vida fue esa belleza radiante, esa nobleza perenne, esa inteligencia rebosada y por supuesto, ese cuerpo de viva promesa.   Todo esto me pone aquí. ¿Pero saben lo que me mantiene imperturbable en el más placentero de los secuestros?  que cada minuto que pasa, cada hora que entra al tiempo y cada día que alimenta los meses y años, encuentro una nueva razón para amarla, hay momentos que solo me basta con el recuerdo de su risa para querer volver a su pecho.  

Ahora, ya pueden dejar de leer y les pido permiso para decirle algo solo a ella. Hoy que cumples tus 25 años quiero insistir en lo que una vez mis labios sellaron en compromiso: Mi amor, eres mi única razón y mi razón única.         

Alberto Fiallo. 25-2-2010.

17 Feb

“And at the end… its not the years in your life that count, it’s the life in your years.”
Abraham Lincoln

15 Feb

Monday, busy, Monday…

15 Feb

Happy Valentine’s day aftermath…

Trifulca en el Nacional de la 27

13 Feb

El amor llega en los momentos más inesperados e incluso los más escépticos, lista que me creía encabezar, son flechados por Cupido (sí, en honor a San Valentín) irremediablemente. Y heme aquí: felizmente casada, con el más increíble de los hombres, a los 24.

Sin embargo, siento la obligación de denunciar que dentro de la absolutamente maravillosa vida que se asume como esposa, una de las tareas más odiosas debe ser la ronda habitual y rutinaria por el Supermercado. Let’s face it: “hacer la compra” no es lo mismo que una paradita técnica en el súper para adquirir los ingredientes de las sugar cookies que hizo Rachel Ray. Es toda una combinación de factores. El hecho de que por lo general se hace luego de una larga jornada laboral (lo que, en adición al cansancio, representa que no quedará lechuga romana ni otro vegetal en condiciones decentes); o que nunca falta un inconveniente para aparcarse; o quizás sea la mismísima idea de tener que  empujar un carrito, que por alguna razón no deja de parecerme algo primitiva.  

Pero, un día de semana cualquiera, mientras recorría los pasillos conocidos en un afán comiquísimo de elegir bien los elementos nutritivos que sustentarían a mi Esposo y a mí por la semana próxima y entre las acostumbradas llamadas a Mami para aclarar si “¿la receta era con perejil riso o liso?  (¿Realmente saben tan diferentes?)”, u otra duda análoga, mi paseo fue bruscamente  interrumpido.

“Tú a mí no me conoce, oíste!”

“El que no sabe con quién se está metiendo aquí, eres tú!”

Como dominicana al fin, en vez de dirigirme en dirección opuesta al evidente altercado, me desvío para formar parte del maratón que ha comenzado a formarse para apreciar bien el rebú. La corrida de toros a la que me integré no sólo estaba compuesta por los representantes más hábiles y en forma de los clientes presentes, si no que hasta las cajeras, empacadores, personal de limpieza, gerentes del supermercado y afines abandonaron sus puestos para congregarse en un coro que parecía cantar “permiso, que no veo” seguido por un “amigo, ¿qué fue lo que pasó?”.

Frente al Delicatesen, dos señores de unos 40 años se amenazaban mutuamente con palabras, que desafortunadamente no puedo repetir, y blandían sus brazos por los aires. Todos parecían darles un poco de espacio antes de intervenir a ver si era posible descifrar que mal les poseyó para dar tal espectáculo. ¿Les habrá caído mal la muestra de chorizo? Hasta que finalmente el personal de seguridad intervino y, ante miradas atónitas, intentó separar nuestros protagonistas, quienes se resistían con nuevas intimidaciones verbales y físicas.

Un poco desilusionada por no haber podido identificar la génesis del pleito, logro finalmente convencer a una cajera de que se ausente un poco de los acontecimientos y me cobre, invitándola a averiguar bien lo sucedido para que me cuente la próxima semana. El dominicano es especial.

Todavía montando la compra en el carro, el empacador me decía: “Doña (título que se adquiere aquí con el matrimonio y no con la edad, al que aún me cuesta acostumbrarme), ello hay gente loca. Porque vea usted, di’que emburujarse en un Supermercado.”

“Es duro,” respondo, mientras busco mi apéndice…digo Blackberry, en la cartera para contarle a mi Esposo lo sucedido.  

Quizás deba reconocer que, sin lugar a dudas, hay peores males. Aunque es posible que esta conclusión sólo me dure hasta la próxima compra.