Archivo | marzo, 2011

Book Worm!

26 Mar

Leer siempre me ha venido por añadidura. Desde que tengo conciencia, me recuerdo libro en mano. O al menos cerca. Lo cierto es, que por más cliché que resulte, leer me transporta. Paseo por un mundo donde mi imaginación define las caras y facciones y donde los personajes cobran vida más allá de la última página. En esa desconexión, vuelvo a ser la chiquilla que disfrutaba de Mi hermana Clara y yo, Heidi, o La cabaña del tío Tom. En ese trance me pierdo y me encuentro.

Debo admitir que esta relación simbiótica tiene inicios algo perversos. Confieso que mientras mis padres y mis profesores se jactaban de haber formado parte del logro de hacerme leer a los 4 años, lo cierto es que yo simplemente asociaba los sonidos e imágenes de lo que veía en la tele o en el Nacho de turno y luego lo reproducía con tal autoridad que en varias ocasiones mis padres consideraron la idea de llevarme al programa infantil sabatino del momento (Nada como el amor ingenuo e incondicional de los padres hacia sus hijos.)

Mi verdadero reto vino luego, cuando al salir con Mami me veía en la necesidad de admitir que mi fórmula no era lo suficientemente eficaz (o más bien rápida) para leer los letreros que dejábamos atrás como manchas en el cielo (Claro está, hay que reconocer que ese cariño particular de Mami hacia el acelerador intensificaba mi reto.)

Eso sí desde que pude, hice de la lectura hábito. O más bien la lectura se habituó en mi.

Y como es natural, una relación de tantos años no ha quedado exenta de vicios y mañas. Resulta que disfruto más leer por las mañanas; pero si no puedo conciliar el sueño, por más entretenido que sea el thriller, leer me facilita la caída en los brazos de Morfeo. Que me gusta leer bajo el sol y con música de fondo. Que leo por capítulos porque detesto quedarme con ese sentimiento de in-conclusión. Que no les pongo mi nombre a los libros hasta que no los termine, porque sólo entonces siento que puedo llamarlos míos.

Es así, como luego de amplio debate interno (con más dudas que certezas), recientemente decidí adquirir el Kindle de Amazon. Admito que me resistí al principio con la misma terquedad que me resisto a todo lo que me parece demasiado popular. Por más ilógico que suene, siempre he creído que si le gusta a todo el mundo, no puede ser tan bueno. Pero creo que en este caso, más que resistencia a unirme al movimiento, me invadía más el miedo a revolucionar los términos de una relación estable, sana, confiable, pero sobre todo conocida. Las maravillas tecnológicas de portabilidad, acceso y diccionario integrado, no parecían suficientes para compensar el abandono del libro físico, del olor a humedad de las páginas viejas, del placer de cerrar el libro al terminarlo y poder acariciar la contratapa con esa mezcla particular de alegría y tristeza que siempre me envuelve cuando sé que ya no queda más.

Así que hoy tengo un nuevo reto: volver a leer. Leer sin barreras, sin límites, sin páginas hacia la izquierda. Leer, sólo por el placentero sabor del fluir de las palabras que narran una historia.

A ver como me va…

N.B. To my fellow avid readers, my Book Club buddies.