Archivo | septiembre, 2011

Aún hay gente buena

16 Sep

La vida tiene misterios.

Sin más, día tras día postergo una actividad que disfruto: escribir. Pero hoy ya no me contengo. Esta entrada se la debo a Amelia.

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Amo a mí país. Pero en el pasado reciente algo ha cambiado. No mi amor inmutable (sin dudas el patriotismo del dominicano es masoquista: a mayor decepción, mayor apego), sin embargo, algo hoy es distinto.

Recuerdo que hace unos años no era extraño escuchar a la gente decir, “El dominicano es cordial.” “El dominicano es hospitalario.” Hoy esas expresiones parecen haberse sustituido por testimonios de terror sobre como “asaltaron a fulanita”, “a perensejo lo atracaron en la puerta de su casa”,  o “ a don mengano le pegaron siete tiros en el carro”.

La seguridad (o inseguridad), sea realidad o percepción, nos agobia. Y admito con franca ingenuidad, que por primera vez miro dos veces antes de cruzar las calles de mi ciudad. Mi Santo Domingo que poco a poco pierdo.

Pero entre tantas historias oscuras, de cuando en vez alguien se acerca con una anécdota con tintes de esperanza.

“Yuli, no vas a creer lo que me pasó!” Declaró.

“Cuéntame, Amelie!” inquirí, con el entusiasmo inherente a la anticipación.

Nos sumimos en su narración fantástica, historia cuasi inverosímil dado el contexto. Entre tantas cosas, al salir de la oficina a comer había dejado su blackbery sobre el techo de su carro al distraerse para organizar las mil y una cosas más que llevaba consigo. Cual trapecista, el teléfono viajó varias cuadras para caer abandonado, como se enteró luego, en la intersección de la Lincoln con 27. Lo perdió, pensé. Y luego el cuento cambió de rumbo. Me contó que había llamado a su número y que alguien contestó. Que con amabilidad, un señor le informó que encontró su teléfono en la calle, al detenerse en su motor en un semáforo y que lo recogió con la intención de devolverlo. Como lo hizo.

Entonces reflexiono: Ese señor, ante todo honesto, bajo el inclemente sol meridiano, bajó su cabeza para descansar la mirada (o el alma) y se encontró al alcance de sus manos la panacea de sus problemas. Fuente de comida por un mes. Instrumento de satisfacción de deudas. Aparato que por un instante disminuyó la gran brecha de la desigualdad y la indiferencia que crea un mar entre él y sus sueños.

Lo habrá levantado del asfalto con delicadeza? Se habrá permitido fantasear con el recién descubierto poder adquisitivo, mientras lo acariciaba? O su moralidad y su conciencia le habrán castigado de inmediato permitirse tal simple vanidad?

Y así, un día cualquiera me pregunto: no vale más la honestidad del que tiene sed? De aquel a quien nuestra sociedad le negó las oportunidades que me a mí me ofreció sin pedirlas. No lo se, aún con la esperanza renovada de saber que en mi país aún hay gente buena…

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