Archivo | febrero, 2014

Todo Cambió

5 Feb

Hace un año todo cambió.

 

I. La llegada

Nadie me dijo que recibiría el día más feliz de mi vida llorando sin consuelo. Quizás ese es sólo mi caso. Por ser madre primeriza. Por tener un parto prematuro. Por haber tenido que recibir mediante cesárea a mi bebé que con tanta fe, convicción e ingenuidad esperaba pujar. Quizás a todas nos pase. No lo sé. Al menos en mi caso, fue así.

Pero no lloraba por tristeza. Lo juro y estoy segura de que toda madre me creerá. Lloraba de ansiedad, de anticipación, de dolor, pero sobre todo, de miedo: un miedo nuevo, un miedo desconocido, un miedo visceral que se adueñó de mí.

– No podemos esperar. Hay que proceder.

– Pero doctor, falta mucho tiempo. El bebé no está listo. No tenemos ropa. Nos falta todo. Él no puede llegar aún.

Intentaba engañarme buscando excusas pero su llegada fue la primera de mis lecciones: los hijos no avisan. No piden permiso. Se adueñan de tu vida sin remedio. Al final, era yo quien no estaba lista. Él si.

Recuerdo salir de la habitación en una camilla empujada por un par de ojos desconocidos. Recuerdo llegar a una sala fría, intensamente iluminada, repleta de médicos preparados para hacer un trabajo rutinario y yo titiritaba. Sí, de miedo.

– De lado. Anestesia. Bisturí. Incisión.

Órdenes que ya no entendía, ni sabía si eran para mí. Todo parecía breve y eterno a la vez.

El anestesiólogo, con una dulzura que aún al día de hoy le agradezco, me susurró:

Tranquila. Vamos terminando. Ahora yo voy a empujar por ti.

Y empujó. Y luego la espera, el vacío, el silencio.

 

II. El encuentro

Tuve que esperar para conocer a Alberto Emilio.

Las condiciones de su llegada no se asemejaron para nada a las escenas románticas de las películas que uno llega a creer realidad. De hecho, todas mis ideas preconcebidas fueron descalificadas de cuajo.

Seis horas, o quizás seis siglos después, yo madre de estreno, insegura y adolorida, abrí la puerta de la unidad neonatal.

Allí estaba. El ser más hermoso que jamás hubiese imaginado. Mi hijo. Mi Alberto Emilio.

Y, claro, lloré.

– Ay no llore mi doña. Que a lo’ niño’ no se les puede transmitir eso. 

Pero era inútil. No valía advertencia porque en ese momento lloraba de felicidad y por la más inmensa alegría y estoy segura de que Alberto Emilio me entendía.

Dubitativa abría la compuerta de su incubadora y, en mis adentros, le pedí permiso para tocarlo. Me parecía tan perfecto que sentía que mis manos eran poco para él. Ese mágico instante, en el que sentí a mi hijo por primera vez, selló nuestra alianza. Por siempre juntos, por siempre unidos, por siempre uno.

Me incorporé. Sequé mis lagrimas.

Ya no sentía miedo.

 

III. El verdadero nacimiento

A los cinco días nos pudimos ir a casa y cada uno de los trescientos sesenta que han seguido ha sido una maravillosa aventura.

Yo no me siento que le haya enseñado nada. Él me ha enseñado todo. El ha crecido físicamente, pero a mí me ha crecido el corazón de tanto amor.

Hace hoy justo un año, quien realmente nació fui yo. Porque no se puede decir que se ha vivido hasta que no se conoce la pureza y la inmensidad del amor de ser madre.

Te amo, mi eterno chiquito.